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Ormuz y sus consecuencias energéticas: ¿reducción permanente de la demanda de petróleo?
Ormuz y sus consecuencias energéticas: ¿reducción permanente de la demanda de petróleo?
La guerra con Irán ha reducido significativamente la demanda mundial de petróleo. En marzo, la demanda cayó en 2,8 millones de barriles diarios, en abril, la cifra fue de 4,3 millones de barriles diarios, y en mayo, de 5,6 millones. No hemos alcanzado la pérdida de demanda de 10 millones de barriles diarios registrada durante la pandemia. Pero nos estamos acercando. Gran parte de esa demanda se recuperará. Pero no toda.
La AIE prevé que, para finales de año, la demanda promedie 418.000 barriles diarios menos de petróleo y productos refinados. De los 180.000 barriles diarios de demanda de gasolina que se evaporaron del mercado chino, el 70 % no volverá, nunca, así lo pronosticó JPMorgan.
Es impactante ver como China logró aislarse de la escasez de petróleo y del racionamiento que sufren los países vecinos. Esto se debe en gran parte gracias a sus colosales reservas de crudo (en marzo se estimaba que servirían para tres meses), pero no sólo es por ello. La demanda china de petróleo se ha desplomado un 9 % en comparación con los niveles previos a la guerra de Irán. Para ponerlo en contexto, la demanda mundial de petróleo cayó un 2 % durante la Gran Recesión de 2008. Sin embargo, China no está ni cerca de un colapso económico. Todo ello a pesar de la mayor conmoción en el suministro energético que el mundo haya presenciado desde la crisis del petróleo de 1973, de que China importa el 70 % de su petróleo y de su condición de principal cliente petrolero de Irán. Según Nomura, alrededor del 38 % del petróleo y el 23 % del gas natural licuado que transitan habitualmente por el estrecho de Ormuz tienen como destino puertos chinos
Pero esa dependencia hace que la capacidad de resistencia de China sea aún más evidente, y pone de relieve el contraste entre el plan de Beijing para electrificar su economía y el modelo estadounidense de dependencia de los combustibles fósiles.
La crisis también podría abrir más oportunidades para ese sector, que se enfrenta a restricciones en ciertas exportaciones de tecnología verde a países como Estados Unidos, Canadá y los de la Unión Europea. En el primer trimestre de este año, las exportaciones chinas de tecnologías verdes se dispararon, con aumentos interanuales del 78 %, 50 % y 45 % en vehículos eléctricos, baterías de litio y componentes para turbinas eólicas, según datos oficiales.
Durante más de una década, el líder Xi Jinping ha supervisado una transformación dentro de la economía china con un único objetivo: lograr la seguridad energética del país. Bajo esa visión, China ha desatado una revolución de energías renovables como la eólica, la solar y la hidroeléctrica, ha perforado cada vez más profundos yacimientos petrolíferos en tierra y en alta mar, y ha forjado pactos con socios para obtener un mayor suministro, todo ello en un intento por reducir la dependencia del país del combustible importado y protegerse contra las perturbaciones externas.
Mientras que los países asiáticos con escasez de combustible se esfuerzan por conseguir suministros, China, el mayor importador de energía del mundo, ha mantenido vastas reservas de petróleo, un sector industrial que funciona en gran medida con energía nacional y una flota de automóviles que cada vez más funcionan con electricidad.
Bajo el mandato de Xi Jinping, Beijing impulsó una iniciativa incipiente para aumentar la energía verde y reducir la dependencia de los combustibles fósiles, lo que se tradujo en un mayor respaldo gubernamental para las energías renovables y los vehículos eléctricos. Actualmente, se están instalando a un ritmo vertiginoso parques solares y eólicos en las mesetas del interior de China y a lo largo de sus costas. Las fábricas nacionales han descifrado la clave para producir baterías baratas para coches eléctricos, que están reemplazando rápidamente a los vehículos de alto consumo de gasolina en las carreteras chinas. Esto se ve favorecido por el hecho de que China domina las cadenas de suministro de los materiales necesarios para fabricar estos productos.
En un país que ya gestiona un tercio de la capacidad hidroeléctrica mundial, se están iniciando ambiciosos proyectos de represas en el oeste montañoso de China, mientras que el Gobierno se ha propuesto ser pionero en tecnologías de próxima generación como la fusión nuclear y el hidrógeno verde.
Mientras tanto, los ricos yacimientos de carbón que se extienden por las provincias del norte de China siguen alimentando las centrales eléctricas y respaldando el suministro de energías renovables, lo que recuerda que China, el mayor emisor de carbono del mundo, aún no ha abandonado su dependencia de los combustibles fósiles.
En total, la segunda economía más grande del mundo importa, según analistas chinos, solo alrededor del 15 % de su energía. Sin embargo, aún depende de las importaciones para el 70 % de su petróleo y cerca del 40 % de su gas natural, y China no ha sido ajena a la crisis económica desatada por la guerra en el Golfo.
China ha logrado esa caída en la demanda no por medidas de ahorro de combustible impuestas por el gobierno, sino a través de rápidos cambios en el comportamiento de los consumidores. Los consumidores chinos han sustituido sus automóviles de alto consumo por vehículos eléctricos y transporte público, y han cambiado los viajes internacionales por destinos más cercanos. Algunas de esas decisiones ya han derivado en cambios permanentes en la demanda de petróleo, incluso para cuando se reabra el estrecho de Ormuz.
Este cambio, él más significativo, es de carácter permanente. Los consumidores chinos conscientes del aumento de los precios de la gasolina están incrementando la velocidad de la transición a la electricidad, ayudados por importantes subvenciones. Al comienzo de la fiesta del Primero de Mayo, que dura cinco días, la carga de vehículos eléctricos en las autopistas chinas se disparó un 55,6 % en comparación con el año anterior, según el Ministerio de Transporte de China. Durante esta festividad, casi el 25% de los automóviles que circulaban por las autopistas chinas eran eléctricos, lo que representa un aumento del 33 % respecto al año anterior. Los viajeros por vía aérea durante el Primero de Mayo cayeron un 5,7 %. Sin embargo, ese descenso en los vuelos se debió, en gran medida, a una fuerte caída en los viajes internacionales mientras los vuelos regionales, por el contrario, aumentaron un 3,5 %. Los viajes en tren, por su parte, crecieron un 4,6 % durante los días de festividad.
Hay que tener en cuenta que acelerando esta transición energética se atacan dos problemas al mismo tiempo: él de la autonomía energética y él de la polución atmosférica, que en las ciudades chinas alcanzó niveles que atentaban contra la salud pública. Atrás empiezan a quedar esas imágenes de las ciudades chinas envueltas en nubes de polución causando grandes problemas de salud. Habría que recordar ejemplos, como el de los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008, donde las autoridades tres meses antes de su celebración pararon grandes fábricas, mandando a sus trabajadores a casa, para poder cumplir unos mínimos de calidad en el aire. Asimismo, los padres con posibilidades apuntaban a clases particulares de música o pintura a sus hijos para que estuvieran en la calle el tiempo mínimo indispensable.
Una situación similar se está desarrollando en Europa: las matriculaciones de automóviles nuevos han alcanzado su nivel más alto en siete años, impulsadas por las ventas de vehículos híbridos. Los vehículos eléctricos se han vuelto aún más asequibles debido a que los precios de la electricidad en Europa están bajando, gracias a las masivas inversiones realizadas en energía eólica y solar durante la última década.
Este fenómeno no está ocurriendo en todo el globo. En Estados Unidos, las ventas de vehículos eléctricos no han aumentado de manera significativa después de que los republicanos en el Congreso, respaldando al presidente Donald Trump, eliminaran los incentivos gubernamentales para la compra de este tipo de vehículos.
Sin embargo, una disminución permanente en el consumo de petróleo, aunque provenga solo de algunos sectores de dos de las principales economías mundiales, podría mermar la demanda lo suficiente como para que esta nunca llegue a recuperarse por completo. “La historia sugiere que las crisis petroleras del pasado a menudo dejaron como secuela una caída duradera en la demanda de gasolina, y es posible que este episodio no resulte diferente” según Natasha Kaneva, jefa de Estrategia de Materias Primas en JPMorgan.
El ejemplo más claro en todo el mundo se dio con el embargo de petróleo de 1973, que tuvo consecuencias notables y permanentes. Los países se unieron para formar la Agencia Internacional de la Energía (AIE), organismo que coordinó las acciones de los países miembros y los responsabilizó de reducir su dependencia del petróleo. El número de centrales nucleares aumentó drásticamente a lo largo de esa década, al igual que las opciones de transporte público, y se crearon los nuevos estándares de eficiencia para vehículos y para el aislamiento térmico de los hogares. Estados Unidos y otras naciones crearon reservas estratégicas de petróleo. El Congreso estadounidense estableció el Departamento de Energía y redujo el límite nacional de velocidad a poco más de 88 kilómetros (55 millas) por hora. La década de 1970 marcó la mayor reducción en la demanda de combustibles fósiles.
Otras crisis también han propiciado cambios permanentes. La pandemia, por ejemplo, normalizó el teletrabajo, reduciendo de forma permanente el número de personas que se desplazan a sus lugares de trabajo, y, con ello, la necesidad de espacios físicos de oficina y de consumo de combustible. Del mismo modo, tras la invasión rusa de Ucrania, en 2022, la Unión Europea estableció normativas que redujeron drásticamente su dependencia del gas natural en favor de las fuentes renovables.
Aun así, nunca se insistirá lo suficiente en la sed mundial de petróleo. Las fábricas, las centrales eléctricas, los fabricantes de plásticos… todos necesitan crudo. El petróleo no va a desaparecer. Parte de esa destrucción permanente de la demanda se verá compensada en los próximos años por aquellos países que deseen reabastecer sus reservas estratégicas de petróleo. Esto añadirá más de un millón de barriles diarios a la demanda hasta el año 2028, según Dan Pickering, fundador y director de Inversiones de Pickering Energy Partners.
Pero como dice Joe Brusuelas, economista jefe de RSM US: “Las crisis de suministro y las guerras del pasado han impartido a los hogares y a las empresas lecciones que no olvidarán pronto”. Si la gente realiza esos cambios, estos se manifestarán en la economía, tarde o temprano.
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